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Abril 17 de 2010
Boletín del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, dirigido a sus estudiantes, profesores y amigos

FORREST HYLTON
Esta semana Noam Chomsky, un lingüista mundialmente reconocido por sus estudios sobre la historia y la política de los Estados Unidos, poco propenso a la exageración hiperbólica, dijo en una conferencia en Madison, Wisconsin, que acordándose del surgimiento de Hitler en Alemania y de sus discursos iniciales, los cuales escuchaba cuando era alumno de colegio en los años treinta, se le ocurrió que en sus 81 años de vida nunca había visto a EE. UU. tan cerca del fascismo como hoy. ¿Cómo entender las declaraciones de Chomsky en medio de una administración demócrata que en menos de una semana se anotó las dos victorias políticas más importantes de su gestión (reforma de salud y acuerdo sobre armas nucleares)? Más allá de los titulares deportivos y los escándalos de las celebridades, ¿qué pasa en el subsuelo político de EE. UU.?
 
En primer lugar, los republicanos —según el escritor estadounidense Gore Vidal, también octogenario como Chomsky, más que un partido, son una mentalidad, como lo era la juventud hitleriana— fueron quienes escribieron la mayor parte de la reforma de salud mientras al mismo tiempo intentaban torpedearla haciéndole oposición al presidente Obama tildándolo de dictador socialista, traidor de la patria. Algunos incluso llegaron a compararlo con Hitler. Con la intransigencia que los ha caracterizado durante los últimos 32 años, clave indiscutible de su éxito político, los republicanos han abierto una brecha en la esfera pública y los medios de comunicación por la que se cuela un odio, una rabia, una xenofobia y un racismo más o menos explícitos. Es, sobre todo, el surgimiento explosivo de este rencor venenoso en un clima de inseguridad económica y laboral lo que ha llevado a Chomsky a recurrir a esa analogía. “Me acuerdo de la textura y el tono de las multitudes enardecidas y tengo el presentimiento que una tormenta de nubes negras se avecina… jamás en mi vida he visto semejantes niveles de rabia y miedo”.
 
Las causas de este fascismo en ciernes pueden atribuirse, según Chomsky, al estancamiento o declive de los salarios de la gran mayoría de estadounidenses y su consecuente endeudamiento crónico, fenómeno que hace parte substancial del viraje económico hacia la especulación y las finanzas en los años setenta, mientras que la riqueza sigue concentrándose en tan pocas manos que el EE. UU. de hoy se parece más al país que solía ser en el siglo XIX que el que logró llegar a ser durante el siglo XX. El nivel de desempleo no baja de niveles históricamente altos —tan altos como los de los años treinta en sectores como las manufacturas— y poco menos del doble de lo normal. Uno de cada tres propietarios debe más en hipoteca que el valor comercial de sus viviendas. Mientras tanto los arquitectos de la crisis en corporaciones como Goldman Sachs son premiados con bonos multimillonarios provenientes del tesoro público y algunos de sus representantes diseñan la política económica de Obama bajo las mismas directrices de la administración Bush. A esto se le suma que los barones del sector bancario que opera en la sombra (shadow banking sector) por no estar cabalmente regulados por el Estado (los hedge funds son ejemplo claro de esta tendencia) siguen acumulando ganancias extraordinarias. La desigualdad económica que va de la mano con la premiación de los delincuentes de cuello blanco con dineros públicos es razón suficiente para que una nube negra de odio y rencor se condense sobre el futuro del país. 
 
Después de amenazar hasta a los congresistas en Washington con un colapso económico en el otoño de 2008, los representantes de Wall Street consiguieron los fondos públicos solicitados al Departamento del Tesoro y la Reserva Federal, mientras apostaban masivamente a la campaña de Obama, factor clave en la obtención del premio a mejor marca del año en 2008 por parte de una revista de marketing y relaciones públicas. En la opinión pública Obama es visto acertadamente como el hombre de Wall Street en Washington. Cuando salió a la luz pública la noticia de los bonos escandalosos a los banqueros, Obama los defendió diciendo que eran “buenos muchachos” y que él no tenía reparo alguno frente a sus ganancias particulares, evitando mencionar que esas ganancias venían del tesoro público. La marca Obama está en declive. Según las últimas encuestas, su popularidad está en 44% tras sus dos victorias políticas con la reforma de salud y el acuerdo sobre armas nucleares, un 33% se muestra firmemente en su contra y sólo 41% aprueban la gestión de los demócratas. Tanto los independientes como los del Partido Demócrata se muestran decepcionados y tan sólo un 19% de la población cree que hay una recuperación económica.
 
Como dice Chomsky, la gente pide respuestas a la crisis y no las encuentra en el gobierno de Obama, pero sí en Fox News, Sarah Palin y los nuevos grupos de ultraderecha como los tea-partiers, que han logrado canalizar la frustración y el odio de buena parte de la sociedad en contra del gobierno federal. Lo más probable es que las elecciones legislativas de 2010 culminen con una victoria de mayores proporciones —o tal vez solamente de mayor importancia— para los republicanos que las de 1994. Por ahora no hay fuerzas políticas en el escenario que puedan detener el proceso de derechización y las consecuencias pueden ser explosivas. 
 
Ninguna analogía histórica es perfecta, por lo que cabe acordarse de que el colapso del centro político en la Alemania de Weimar, considerado en su momento la cúspide de la civilización occidental, se debía en buena medida a la polarización entre izquierda y derecha. El Partido Comunista Alemán, KPD, el más grande y fuerte del mundo por fuera de la URSS, contaba con profundas raíces entre la población desempleada de las grandes ciudades y era el enemigo número uno de Hitler. Si algo caracteriza a los EE. UU. actuales no es el colapso del centro ni la polarización política, sino la ausencia de cualquier movimiento o tendencia de izquierda.



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