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Febrero 25 de 2011
Boletín del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, dirigido a sus estudiantes, profesores y amigos


Editorial

GARY HOSKIN
ghoskin@uniandes.edu.co
Durante la ceremonia del lanzamiento de la colección 40 años del Departamento de Ciencia Política estuve pensando en la época en que llegué por la primera vez a la Universidad de los Andes en agosto de 1968. Una de las consecuencias de haber escrito mi tesis doctoral sobre las pautas de poder en la ciudad de San Cristóbal en Venezuela fue el deseo de hacer una investigación comparando los sistemas partidistas de Colombia y Venezuela. Formulé un proyecto y solicité la financiación para implementarlo, pero el apoyo conseguido no fue suficiente para realizarlo en los dos países. Había conocido a Magdalena León durante el verano de 1967 en la Universidad de Michigan, donde estábamos estudiando...[+]
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Opinión y análisis
La revolución: un enigma
Por Carlo Nasi*
La revolución vuelve a ser noticia, esta vez en el mundo árabe. Al momento de escribir esta nota se tambalea el gobierno de Gadafi, quien pasó de tildar a sus opositores de "turba de perros drogadictos" a culpar a Osama Bin Laden por la crisis en Libia. No se sabe cuánto más se extenderá el efecto dominó en el norte de África y es difícil predecir el desenlace de las distintas revueltas. Lo cierto es que los vientos de cambio en el mundo árabe han revivido el debate sobre las revoluciones. ¿Qué son? ¿Y qué quiere decir ser revolucionario hoy en día?

Tanto el sentido como las cargas valorativas de la palabra "revolución" han variado enormemente. Empecemos por considerar los cambios de dirección en los procesos revolucionarios. Durante buena parte del siglo XX la palabra "revolución" se asociaba fundamentalmente con un tránsito súbito y violento de regímenes capitalistas (bien sea democráticos o autoritarios) hacia el socialismo/comunismo. Esta idea quedó en entredicho en 1979, cuando la revolución en Irán inauguró un régimen teocrático basado en el fundamentalismo islámico. Una década después, con la caída de la cortina de hierro, la palabra "revolución" adquirió un nuevo significado, al utilizarse para describir el colapso del comunismo y la instalación de democracias liberales en países que habían pertenecido a la esfera de influencia de la (ya extinta) Unión Soviética. Aunque en ese entonces muchos analistas utilizaron la palabra "refolución" (un revuelto entre reforma y revolución) para referirse al proceso, eso no desdice el carácter dramático y radical del cambio en Europa del este.

No se sabe si las revoluciones de ahora en el norte de África apunten hacia la extensión de la democracia liberal o hacia alguna variante de revolución islámica. En todo caso, lo anterior deja en claro que la revolución ha servido para fines políticos diversos y contradictorios, no necesariamente ligados con la emancipación humana.

A su vez, la carga valorativa de la palabra ha variado considerablemente. Algunas revoluciones de descolonización (como la americana) aún gozan de un buen nombre, al persistir una narrativa donde los revolucionarios eran "los buenos", que lucharon por una causa justa y ganaron. En el caso de la Revolución Francesa la narrativa es más ambivalente por cuenta de los excesos cometidos durante "el terror". La palabra "revolución" quedó manchada por la propensión del Comité de Seguridad Pública de guillotinar alegremente a todo lo que se movía. Y el término se volvió casi una "palabra sucia" en los casos de Rusia, China y Camboya, al quedar la revolución asociada con las atrocidades cometidas por Stalin, Mao y Pol-Pot.

La valoración del término también ha dado bandazos en América Latina. En los años sesenta, cuando había grupos rebeldes en casi todos los países del continente, las banderas revolucionarias de "acabar con las oligarquías y el imperialismo yanqui" gozaban de cierta simpatía popular. Hoy por hoy, en cambio, sólo quedan reductos guerrilleros en Colombia y (muy diezmados) en Perú, y el grueso de la población los considera como simples delincuentes, con banderas políticas anacrónicas y poco creíbles.

Otros usos de la palabra "revolución" también evidencian que, tarde o temprano, todos los significados y valores se pervierten. La revolución sexual/generacional de los años sesenta, por ejemplo, construyó el ícono del joven rebelde, de pelo largo y espíritu indomable, decidido a cambiar el mundo. Pero como lo advirtió en su momento Pasolini, el pelo largo pasó de ser un símbolo de rebeldía, a uno de conservadurismo y distinción social: sólo los jóvenes de las familias más pudientes (y sin interés en cambiar el mundo), podían darse el lujo de andar con pintas desgarbadas, sin detenerse a pensar en las consecuencias. Para los jóvenes de origen humilde, en cambio, ponerse traje y corbata y llevar el pelo corto era casi una obligación, si aspiraban a conseguir empleo y sobrevivir.

Y en cuanto a la "revolución tecnológica" actual, es un mundo de paradojas. Mi impresión general es que el grado de incomunicación, especialmente entre los jóvenes, ha aumentado en forma exponencial, a la par que nunca antes habían estado tan interconectados entre sí y a nivel global. Muchos simplemente han perdido la capacidad de relacionarse cara a cara, en ausencia de un botón que les permita desconectarse (o mejor: desconectar al otro). Algunos flirtean peligrosamente con el autismo por cuenta de su adicción al Wii, Blackberry, Facebook, Twitter y demás.

Al fin de cuentas: ¿qué significa ser revolucionarios hoy en día? ¿Importa serlo? Quizás la revolución sea tan sólo una quimera sexy: es la ilusión de que nos podemos redimir colectivamente, en forma rápida, tomando las riendas de nuestro propio destino y acabando con una (supuestamente única) fuente de todo mal. Pero eso no es así. El duro despertar después de toda revolución exitosa consiste en descubrir que la opresión sigue ahí, con muchos nombres distintos (violencia, pobreza, discriminación), y sin perspectivas de acabarse.

Tal vez tenga más sentido pensar en actos genuinamente revolucionarios a nivel individual y que generen algún valor agregado. Si no se les ocurre nada, yo les propongo, por ejemplo, no encender el televisor por (al menos) un año: les garantizo que descontamina la mente, y de pronto (sólo de pronto) les ayude a encontrar lo que algunos denominan "voz interior".

* cnasi@uniandes.edu.co.

La cuarta ola
Por ARLENE B. TICKNER en El Espectador
Lo que está ocurriendo en el mundo árabe no tiene parangón en la historia. Nunca antes la humanidad había presenciado una cadena tan amplia, masiva pero sobre todo veloz de manifestaciones espontáneas en contra del statu quo y a favor de la democracia. Lo cual plantea la pregunta de si estamos presenciando una cuarta ola de democratización mundial, para usar el famoso concepto de Samuel P. Huntington. [+]
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Agenda--
Conferencia «La política internacional sobre refugiados y desplazados» +
Organiza: Centro de Estudios Internacionales, Departamento de Ciencia Política y Escuela de Gobierno Alberto Lleras Camargo de la Universidad de los Andes.
Fecha: 3 de marzo.
Hora: 4 p. m.
Lugar:Auditorio Mario Laserna C, Edificio Mario Laserna, carrera 1 este 19A-40.
Tener en cuenta: Es necesario inscribirse.

Lanzamiento del disco «Las voces de El Salado» +
Organiza: Grupo de Memoria...
[+]
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