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Abril 15 de 2011
Boletín del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, dirigido a sus estudiantes, profesores y amigos

RODOLFO MASÍAS
El proceso reciente alrededor de la figura del doctor Patarroyo es un caso muy significativo para la historia y sociología de la ciencia, y también para cualquier miembro de la academia, puesto que llama a todo tipo de reflexiones sobre lo que está sucediendo en el llamado “alto mundo del saber”. Diría que se trata de una de esas situaciones que dejan ver con nitidez las prácticas vigentes y la configuración social y política que caracterizan el ‘campo’ contemporáneo de la ciencia, en el que incluyo esta vez a las ciencias sociales.

El doctor Patarroyo, y su equipo, volvieron a ser nombrados, es decir, visibles, debido a un artículo publicado en una reputada revista científica, en el que presentan el método que ha conducido a sus hallazgos. El diario El Tiempo, poniendo en práctica todo un régimen narrativo legitimador del aporte, propaló la noticia así (los resaltados son míos): “Este avance, que abriría las puertas para la prevención y el manejo, a través de vacunas, de más de 500 males infecciosos (que afectan a dos terceras partes de la humanidad y matan cada año a cerca de 17 millones de personas), fue divulgado hoy por la revista de química más importante del mundo: Chemical Reviews. Este, que sería el desarrollo científico más importante logrado por investigadores colombianos hasta ahora, se presentó a través de un modelo práctico, con la fabricación de una nueva vacuna contra la malaria que, de acuerdo con pruebas de laboratorio hechas con monos Aotus, tiene una efectividad del 90 por ciento”.

Me parece que el proceso Patarroyo debería animar una discusión sobre qué tipo de experiencia científica es esta y cómo habrá de contarse en la historia de la ciencia colombiana. Hasta el momento la ‘historia’ era (al menos la historia dominante aunque no académica, puesto que creo que no se ha escrito todavía dentro de la historia de la ciencia), la de los esfuerzos infructuosos de un hombre pertinaz, una especie de personalidad terca pero equivocada, quijotesca; casi la de un excéntrico y un diletante. Además, no cabía para muchos la posibilidad de que un hombre de esta parte del mundo pudiera estar sobre algo tan magno como dar con la solución a la malaria. De hecho, por estas razones, el doctor Patarroyo dejó de recibir apoyo económico y casi se le condenó al olvido (varias fueron las veces que escuchamos sus quejas y protestas por televisión y prensa). Paradójica y velozmente ahora, después del artículo, estaría muy cerca de la gloria científica; sería, si la ‘alianza’ de la que habla Latour no se resquebraja, nuestra próxima celebridad. La pregunta es: ¿dónde está la realidad? ¿Qué contamos de esta historia? ¿La dejamos como la típica novela del personaje trágico al que al final se le hace justicia? ¿Será una historia del éxito como epopeya debido a la inmensidad de dificultades que hubo de sortear? ¿Es la historia de la ciencia sólo la historia de lo exitoso? No cabe duda, un compromiso básico de investigación de los estudios sociales de la ciencia, tiene que ver con explicar cómo se construye hoy el reconocimiento y la celebridad científica. Agregaría que, en las ciencias sociales, hay muchos procesos Patarroyo que esperan la hora de su análisis, esclarecimiento y significado.

No tengo en este momento un juicio sobre la figura del doctor Patarroyo, no me interesa tampoco ser su crítico gratuito y menos sobre prejuicios. Enhorabuena si aporta algo a la humanidad, como se suele decir. Mis dudas se originan en los actores y dispositivos que se asocian en las prácticas de adjudicación de calidad y aportación, que devienen en ‘éxito científico’. El campo de la ciencia parece ser cada vez menos autónomo, más grave aún cuando se trata de la determinación de los bienes a alcanzar ahí (aporte a la sociedad, sólo producción escrita, sólo fama y prestigio internacional) y la ética que este campo debía establecer con independencia y en igualdad de condiciones respecto de otros campos (el de la política, el de la empresa, el de la religión, por poner algunos). Los medios pueden, como lo hicieron con Montoya, el corredor de autos, dar y quitar celebridad a quien se lo propongan, siempre y cuando eso sea “noticiable”, lo mismo que ha ocurrido con los Nule. Y lo hacen con más eficiencia si hay complicidad. Pero, junto con los medios, funge como agente adjudicador de reconocimiento la abstracta ‘comunidad científica internacional’. Esa comunidad tiende a romper todo sentido de la localidad por ser iluso, y obliga a producir la historia del saber en un marco global que, se supone, es armónico y desinteresado, equitativo. Con estos procesos, la comunidad científica nacional se ha empequeñecido, vive intensamente el dilema de conformar un norte propio o no. Se ha manifestado poco sobre el caso Patarroyo y sobre todas estas tendencias que sacuden a la ciencia y la academia. Me pregunto: ¿es incompatible una historia local con una global de la ciencia? ¿No hay lugar para las agendas nacionales de investigación? ¿Se puede todavía adjudicar reconocimiento científico de acuerdo a nuestra propia historia, lo que equivale a decir de acuerdo con nuestros propios estándares y recorrido?

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