Para citar este artículoTítulo:Etnografías de los contactos. Reflexiones feministas sobre el bordado como conocimiento[*]
Tema: Etnografía y estudios de la ciencia y la tecnología
Septeimbre - Diciembre de 2016
Páginas: 47-66
http://dx.doi.org/10.7440/antipoda26.2016.02
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Revista No 26
Etnografías de los contactos. Reflexiones feministas sobre el bordado como conocimiento
[*]

Tania Pérez-Bustos[**], Victoria Tobar-Roa[***], Sara Márquez-Gutiérrez[****] - Universidad Nacional de Colombia

Meridianos


RESUMEN:

¿Qué toca una etnografía feminista? ¿Cuál es la naturaleza de ese contacto? Al volver reflexivamente sobre nuestro trabajo de campo acerca del bordado artesanal cartagüeño (Colombia), en este artículo nos enfocamos en los modos en que la experiencia etnográfica se configura a partir de los contactos que suceden y se despliegan en el espacio de la cotidianidad. Así, profundizamos en tres tipos de contactos: en primer lugar, los contactos que pasan en y por el cuerpo de quienes hacemos etnografía, entendiendo estos cuerpos como lugares donde diversas trayectorias vitales se encuentran y en los cuales se manifiestan los efectos de esos contactos; en segundo lugar, los contactos que ocurren en torno al bordado y a sus objetos asociados, concebidos como materialidades que nuestros cuerpos tocan y que, en ese contacto, nos permiten pensar con ellos desde marcos epistemológicos no necesariamente orientados a la etnografía como textualización; por último, los contactos que producen las tecnologías de registro y sus efectos sobre la experiencia etnográfica, al poner énfasis en algunas estrategias cuidadosas que atenúan tales efectos. Concluimos con algunas especulaciones sobre lo que implica, para la práctica etnográfica y su reflexión teórica, la atribución de un rol activo a las materialidades en la construcción del espacio y experiencia etnográficos y la comprensión del contacto como dimensión metodológica, teórica y epistemológica relevante.

PALABRAS CLAVE:

Etnografía, contacto (Thesaurus); materialidades, reflexividad feminista, bordado artesanal (palabras clave del autor).

Ethnographies of touch. Feminist reflections about embroidery as knowledge

ABASTRACT:

What does a feminist ethnography touch? What is the nature of this contact? Returning reflectively on our ethnographic approach to the handcraft embroidery of Cartago (Colombia), in this paper we focus on the ways in which the ethnographic experience is shaped by contacts that take place and are unfolded in the space of everyday life. We delve into three types of touch: touch that happen in and by the body of those who do ethnography, touch taking place around the embroidery and the materialities associated with this task, and lastly the recording technologies and their effects on ethnographic experience, emphasizing in some careful strategies to mitigate such effects. We conclude with some speculations about what it means for the ethnographic practice and its theoretical reflection, the attribution of an active role to materialities in the construction of the ethnographic space and experience.

KEYWORDS:

Ethnography, touch (Thesaurus); materialities, dialogue of knowledge, feminist reflexivity (author´s keywords).

Etnografias dos contatos. Reflexões feministas sobre o bordado como conhecimento

RESUMO:

o que toca uma etnografia feminista? Qual é a natureza desse contato? Ao refletir sobre nosso trabalho de campo sobre o bordado artesanal de Cartago (Colômbia), neste artigo nos enfocamos nos modos em que a experiência etnográfica se configura a partir dos contatos que acontecem e se desenvolvem no espaço da cotidianidade. Assim, aprofundamos em três tipos de contato: em primeiro lugar, os contatos que passam no e pelo corpo dos que fazem etnografia, entendendo esses corpos como lugares onde diversas trajetórias vitais se encontram e nos quais se manifestam os efeitos desses contatos; em segundo lugar, os contatos que ocorrem ao redor do bordado e de seus objetivos associados, concebidos como materialidades que nossos corpos tocam e que, nesse contato, nos permitem pensar com eles a partir de referentes epistemológicos não necessariamente orientados à etnografia como textualização; por último, os contatos que produzem as tecnologias de registro e seus efeitos sobre a experiência etnográfica, ao enfatizar algumas estratégias cuidadosas que amenizam esses efeitos. Concluímos com algumas especulações sobre o que implica, para a prática etnográfica e sua reflexão teórica, a atribuição de um papel ativo às materialidades na construção do espaço e da experiência etnográficos e a compreensão do contato como dimensão metodológica, teórica e epistemológica relevante.

PALAVRAS-CHAVE:

Etnografia (Thesaurus); contato, materialidade, reflexividade feminista, bordado artesanal (palavras-chave do autor).

La teoría solo ha observado el mundo; el punto es tocarlo. Puig de la Bellacasa (2009)

Una parte importante de la tradición etnográfica se ha concentrado en la “textualización” de las experiencias que tienen lugar en el trabajo de campo (Clifford y Marcus 1986). Desde los ochenta y como respuesta al enfoque que privilegia la observación y la mirada sobre otras experiencias sensoriales, investigadores de diversas disciplinas han posicionado la etnografía sensorial, la cual pone de manifiesto la relevancia de otros sentidos —además de la vista— en el acto de conocer las culturas y el mundo de la vida (Pink 2009; Howes 2014). Estas posturas responden a la necesidad histórica de formular políticas de conocimiento no fundamentadas en visiones dicotómicas del mundo, como aquellas que disocian el pensar —las abstracciones que hacemos de lo que observamos—, el sentir —las formas de estar con otras (os) en la investigación y dejarse afectar— y el hacer —nuestra manera de intervenir materialmente distintas realidades— (Rose 1983; Blake 2011).

Ese énfasis en lo sensorial dialoga con aproximaciones etnográficas no-representacionales, es decir, aquellas que dan cuenta de las prácticas, materialidades, sensibilidades y formas en que estas coconstruyen el mundo (Vannini 2009; 2015). En los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología (ESCT) dichas reflexiones tienen particular resonancia en los trabajos empíricos de Annemarie Mol y John Law, quienes al poner el acento en las prácticas que dan lugar a la construcción del conocimiento tecnocientífico y en su dimensión material muestran la multiplicidad de la realidad y la coexistencia de actores humanos y no-humanos en diferentes escenarios, como hospitales y laboratorios (Law y Mol 2002; Law 2008; Mol 2002; 2007). Sin embargo, nos interesa señalar que el énfasis de estos trabajos se centra en las prácticas materiales y no tanto en sus dimensiones afectivas y mundanas en relación con la producción de conocimiento, asunto que de modo particular buscamos desplegar en este artículo al considerar que tales dimensiones también se anclan a materialidades concretas.

Buscamos dialogar con los anteriores planteamientos desde nuestra experiencia investigativa orientada a entender el bordado artesanal como conocimiento. Nos interesa exponer aquí las formas en que el contacto con distintas materialidades se configura como una práctica que permite comprender el bordado como saber-hacer artesanal y la cotidianidad en la que se inscribe. De modo particular en este artículo nos concentramos en las potencialidades epistemológicas y creativas de esta labor, así como en las reflexiones que ambas dimensiones propician para el quehacer etnográfico.

El trabajo de campo que condujo a estas reflexiones tuvo una duración de 18 meses y fue de naturaleza multisituada (Marcus 2001) y participativa. Ocurrió en Bogotá y en Cartago (Valle del Cauca), en espacios domésticos y universitarios en los que se desarrollaron actividades de exploración y experimentación con el bordado artesanal que permitieron distinguir el conocimiento asociado a esta labor. Los actores que participamos en esta etnografía somos, principalmente, mujeres investigadoras, mujeres bordadoras, materialidades del bordado (hilos, telas y agujas) y materialidades asociadas al registro etnográfico —en particular la cámara de video, puesto que una parte de la aproximación etnográfica fue de carácter audiovisual—[1].

Cuando hablamos de contacto lo entendemos como una práctica en dos dimensiones. La primera hace referencia al acto de tocar, literalmente, otras materialidades. Así, asumimos el contacto como una práctica mundana y constitutiva del quehacer etnográfico, en tanto creemos que a través de la piel se transmiten significados y mensajes en ocasiones irreductibles a otros sentidos y lenguajes (Blake 2011). El conocimiento tácito[2] asociado a la labor de bordar es un ejemplo de esos contenidos que no se dejan verbalizar, sino que se aprehenden mediante del contacto manual con el bordado mismo y su manufactura.

La segunda dimensión comprende el contacto en un sentido más amplio, asociado a las sensaciones que tienen lugar más allá de la piel y que se manifiestan en nuestros cuerpos en forma de emociones —miedos, rechazos, afectos— (Paterson 2009, 768). Un ejemplo particular en nuestra experiencia etnográfica fue la resistencia que algunas de nosotras experimentamos al enfrentarnos al aprendizaje del bordado como parte del quehacer investigativo. Dicha resistencia fue propiciada por aquello que el bordado encarna materialmente, esto es, expectativas y estereotipos de lo femenino con las que no nos identificamos plenamente. En cuyo caso, fue el contacto con la labor artesanal lo que posibilitó problematizar y resignificar nuestra resistencia inicial (Pérez-Bustos y Márquez-Gutiérrez 2016). Por ello afirmamos, en diálogo con los planteamientos feministas de Sandra Harding (1998), que esta dimensión del contacto se asocia con una cierta reflexividad sobre nuestras propias prácticas de producción de conocimiento.

En ambas dimensiones el contacto permite difuminar las fronteras entre el yo y lo otro, lo que supone una inmersión en la cotidianidad del bordado y de quienes bordan. Esa inmersión fue posible a través de la convivencia con maestras bordadoras cartagüeñas, quienes nos enseñaron puntadas básicas del bordado artesanal y algunos “secretos” de su saber-hacer, al tiempo que nos hacían participes de su vida como bordadoras, madres, esposas y amas de casa. Nos interesa señalar que el acercamiento al aprendizaje del bordado, para el caso de las investigaciones que enmarcan las reflexiones aquí planteadas, deviene en acercamiento etnográfico. En este sentido no estimamos a priori que fuese necesario, sino que nos vimos en la necesidad de aprender para poder dimensionar las potencialidades creativas y epistemológicas de esta labor. Es la apertura crítica a ese devenir, la que hila el contacto entre la etnografía y el bordado.

En nuestro ejercicio investigativo, el contacto supuso un esfuerzo por entender las vivencias en contexto y en interdependencia con otros humanos y no-humanos (Puig de la Bellacasa 2009). Creemos que este último aspecto es el aporte empírico y conceptual más relevante de nuestras reflexiones. Aquí mostramos la forma en que el contacto no solo posibilita acceder al mundo de la vida de otras maneras, sino que nos hace partícipes de las realidades concretas de los actores que etnografiamos.

Estas experiencias contribuyen a resignificar empíricamente el papel de la etnografía en los ESCT. En diálogo con estos enfoques, nos interesa señalar que el campo mismo —aquel en el que se sitúa la etnografía— tiene agencia sobre las formas en que accedemos a él y sobre nuestras reflexiones verbales y no verbales. Esta agencia, creemos, no puede ser negada u obviada. Desde nuestra experiencia, dicho reconocimiento posibilita aproximaciones etnográficas más reflexivas, responsables, complejas y situadamente objetivas (Haraway 1995).

Así, profundizaremos en tres tipos de contactos: en primer lugar, nos preguntamos por los contactos que pasan en y por el cuerpo de quienes hacemos etnografía, entendiendo estos cuerpos como lugares donde las trayectorias vitales se encuentran y en los cuales se manifiestan los efectos del contacto; en segundo lugar, reflexionamos en torno al bordado y a los objetos asociados con esta labor, concebidos como materialidades que nuestros cuerpos tocan y que, en ese contacto, nos permiten pensar con ellos desde marcos epistemológicos no necesariamente orientados a la textualización de las experiencias de campo; por último, los contactos que producen las tecnologías de registro y sus efectos sobre la experiencia etnográfica, al poner énfasis en algunas estrategias cuidadosas que atenúan tales efectos.

Concluimos con algunas especulaciones sobre lo que implica, para la práctica etnográfica y su reflexión teórica, la atribución de un rol activo a las materialidades en la construcción del espacio y experiencia etnográficos y la comprensión del contacto como dimensión metodológica, teórica y epistemológica relevante.

¿Qué cuerpos se tocan y tocamos en la etnografía? ¿Cómo se tocan?

En su artículo sobre etnografías del contacto, Rosemary Blake (2011) señala que quienes se han puesto en la tarea de resignificar la experiencia sensorial vivida durante el trabajo etnográfico (Stoller 1989; Jackson 1995; Farquhar 2002; Geurts 2003 en Blake 2011) han opacado aquello que se percibe a través del tacto y del encuentro con otros cuerpos que participan en los procesos de investigación. Podríamos decir que esa denuncia de Blake se encarna en lo que Donna Haraway llama testigos modestos[3], refiriéndose a los científicos que asumen el lugar de la autoinvisibilidad en procesos de producción de conocimiento y que marginan sus propias marcas y experiencias, temerosos de ponerse en evidencia.

A partir de esas reflexiones feministas sobre la producción del conocimiento tecnocientífico, nos preguntamos por las formas en que los cuerpos de las bordadoras y los nuestros se encuentran en la cotidianidad del trabajo de campo y se afectan unos a otros, así como por las implicaciones que conllevan para la construcción y el sostenimiento de las relacionalidades que posibilitaron nuestra investigación en torno al bordado. En este apartado presentamos a las bordadoras e investigadoras que participamos de la etnografía, al enfatizar en las formas en que nuestra participación en ciertas tareas domésticas propició encuentros y distanciamientos que nos interpelaron como investigadoras.

Margarita, Eugenia y Consuelo son bordadoras cercanas a los setenta años, madres y esposas, amas de casa y cuidadoras[4] (Figura 1). Nos acogieron en sus hogares con la disposición de compartir “los secretos del bordado”. Su cotidianidad transcurre en el espacio doméstico, donde reparten el tiempo entre las tareas del hogar y el bordado, que se convierte en una más de esas labores. Sus vivencias se sitúan en la cocina, el comedor, el sillón de televisión —que es también sillón de bordado— y el taller de costura, ubicado en alguna habitación de la casa.

Las autoras de este artículo nos reconocemos como mujeres investigadoras, maestras y estudiantes; jóvenes adultas cuya cotidianidad tiene lugar en la universidad y en espacios domésticos que son también nuestros lugares de trabajo. Ellas y nosotras estamos separadas por nuestra ubicación geográfica, por los lugares donde transcurre nuestra cotidianidad y por aspectos como la edad, la formación profesional y las experiencias maternales y de pareja. Estas condiciones se manifestaron, a lo largo de la investigación, en nuestros cuerpos y percepciones sobre el mundo[5].

Llevar a cabo esta etnografía supuso reconocernos como etnógrafas en la cotidianidad de las bordadoras. Ello implicó, entre otras cosas, participar de las labores domésticas de alimentación y limpieza del hogar. En ese sentido, devenimos con la naturaleza íntima, familiar, femenina y mundana de los espacios etnográficos cotidianos en los que nos situamos. Tal devenir es precisamente lo que visibiliza y permite enlazar las fronteras entre ellas y nosotras, entre sus espacios y los nuestros, entre nuestras formas comunes, y no tanto, de conocer y aprender el mundo y sus cosas (Figura 2).

Ver PDF, pág 52 - 53

Lavar los platos, entre muchas otras, fue una de esas tareas cotidianas y feminizadas que compartimos con las bordadoras durante el trabajo de campo y que lograba reunirnos —a ellas y a nosotras— en un mismo espacio. El gesto de habernos recibido en sus casas por periodos prolongados, nos animaba a devolver el favor con pequeños gestos como este y así reducir la carga laboral cotidiana que se acrecentaba de algún modo con nuestra presencia. Sin embargo, lavar la loza nuestra y de ellas, implicaba también lavar los platos de los hombres de la casa ya que, para las bordadoras, este es un asunto natural[6]. Lavar los platos es un gesto mundano, una práctica cotidiana tan banal que puede incluso parecer irrelevante. Pero esa banalidad, articulada a otro conjunto de labores de cuidado del hogar y de los otros, configura el trabajo doméstico, invisible, no remunerado y asignado socialmente a ciertos cuerpos femeninos[7]. Este trabajo, a su vez, es utilizado para justificar y reproducir las condiciones de subalternidad de algunas mujeres (Molinier 2012), entre ellas, las bordadoras con quienes pensamos. En este sentido la etnografía feminista en espacios domésticos como en los que se inserta el bordado deviene sensible a, pero sobre todo en contacto con esa condición de subalternidad de los sujetos con los que trabaja.

En el contexto de las familias que nos acogen lavar los platos representa, entre otras cosas, relaciones serviles de las que nos interesa distanciarnos, al tiempo que evidencia la división sexual del trabajo que materializa un orden de género incorporado. Es la resistencia a ese orden la que se manifiesta cuando sentimos molestia por asumir, una y otra vez, como las bordadoras, la tarea de lavar los platos. No obstante, es en el contacto con estas mujeres —a través de esa práctica cotidiana y banal— que se construye nuestra reflexión y posicionamiento feminista, que posibilita otras relacionalidades y construye solidaridades. En ese sentido, participar de las tareas cotidianas, además de aliviar la carga que suponía nuestra presencia permanente en sus casas como ya se dijo, generó complicidades fértiles para la comprensión de la realidad que las bordadoras habitan.

La importancia analítica que asignamos a la práctica cotidiana de lavar los platos adquiere aún más sentido cuando se relaciona con el bordado, siendo este un oficio que se desarrolla en la esfera doméstica a la par de esas otras labores de cuidado. Es justamente ese estatus del bordado como tarea doméstica lo que permite comprender, al menos parcialmente, la precarización de la labor y de quienes bordan, asunto que se coproduce con la marginalidad de esta esfera de la vida cotidiana.

De igual manera, nuestra participación en el escenario doméstico también contribuyó a reforzar la relación de cuidado y servicio de lo femenino hacia lo masculino, esto es, al lavar los platos de los hombres de la casa reproducimos esa relación que con nuestro trabajo como etnógrafas intentábamos revertir. Esas prácticas feminizadas de cuidado del hogar se tornaron, en ocasiones, un lugar incómodo, en especial cuando la etnografía a la que aspiramos es de carácter feminista y situado. No obstante, al poner de manifiesto ese malestar nos distanciamos del lugar abstracto de los testigos modestos, lo que situó nuestra propia modestia y nos mostró la forma en que esas experiencias mundanas y banales permean la producción de conocimiento.

¿Qué hacer con esa incomodidad? ¿Cómo lidiar con ella? ¿Cómo intervenir esas prácticas materiales que reproducen ciertos órdenes de género? La expresión de nuestro rechazo y distanciamiento frente a las relaciones serviles entre hombres y mujeres en este contexto se manifestó de forma sutil y cuidadosa. Nuestro posicionamiento no irrumpió abruptamente en la cotidianidad de las bordadoras y tampoco desestabilizó las estructuras de género y relaciones afectivas y de cuidado que antecedían nuestro trabajo etnográfico. La intención no fue necesariamente transformar —lo que supondría asumirnos en un lugar de superioridad moral—, más bien la apuesta fue descolocar de maneras cuidadosas y conscientes la cotidianidad. Varias veces tuvimos el impulso de no lavar los platos que ensuciaban los hombres, pero esto solo suponía dejar la tarea incompleta e incumplir con el propósito inicial: alivianar una carga que está siempre en manos de las bordadoras[8].

Decimos que era un “impulso” porque en tales momentos hacíamos un llamado de contención al cuerpo: gestos, palabras y actitudes con los que nuestro desacuerdo pudiera manifestarse. Contener el cuerpo para no fracturar las relaciones de confianza y empatía que posibilitaban el trabajo etnográfico era parte también de nuestro ejercicio reflexivo. Al final lavábamos los platos, pero buscábamos otros momentos en los que, con comentarios sutiles, pudiéramos señalar que los hombres de igual manera podrían hacerse cargo de esta tarea y que de hecho deberían hacerlo, lo cual resultaba osado si se considera nuestra posición de forasteras. Dichos comentarios, dirigidos tanto a las bordadoras como a los hombres que cohabitan en sus casas, descolocaban parcialmente nuestra cotidianidad compartida con las bordadoras sin generar demasiadas afectaciones. En palabras de Müller y Kenney (2014) serían “interferencias”, asuntos menores, mundanos y tangenciales, pero con la fuerza de sacudir sutilmente aquello que estudiamos en tanto tienen la potencia de generar en las bordadoras inquietudes posteriores sobre cómo están asumiendo las tareas cotidianas con quienes conviven[9].

Nuestro contacto cotidiano con estos otros cuerpos devino con la construcción de solidaridades y afectos, al tiempo que supuso un esfuerzo por entender una realidad concreta en la que se ponía en juego nuestra identidad como mujeres e investigadoras. Cuando decimos devenir con dialogamos con las reflexiones de Donna Haraway (2008) a propósito de cómo la producción de conocimiento es un proceso de coconstrucción y por ende la etnografía necesita asumirse en y desde ese continuo. En ese sentido la etnografía, en tanto forma de conocer realidades, pasa constantemente por el cuerpo mismo y por las experiencias que este vive. La experiencia etnográfica se traduce en datos y fuente de análisis etnográfico antes que en un añadido anecdótico o un apéndice reflexivo, independiente de la recolección “objetiva” de la información pertinente para las preguntas que tenemos —en este caso sobre el conocimiento asociado al bordado—.

La inmersión en la cotidianidad del espacio doméstico de las maestras bordadoras, además de implicarnos en sus tareas cotidianas, nos dispuso para el aprendizaje del bordado. Esto, como veremos, posibilitó —además del contacto con otros cuerpos humanos— el contacto con distintas materialidades.

Las cosas que tocamos y nos tocan en el trabajo etnográfico

Un aspecto central a la etnografía de los contactos es la pregunta por el conocimiento que deviene con la interacción del cuerpo, el mundo y las cosas que le habitan. Más que incorporado este conocimiento se encuentra, de forma sensible, en un cuerpo anclado al mundo (Bäckström 2012), un cuerpo situado y en movimiento, en devenir y contacto permanente, así como cambiante con lo no humano[10]. Un acercamiento etnográfico a este tipo de conocimiento solo llega a ser en y con ese movimiento, es decir, en contacto vital con aquello en torno a lo que el cuerpo se mueve: el cuerpo de quien conoce, en este caso tanto de quien borda como de quien hace etnografía (Figura 3).

Margarita toma la aguja y nos muestra, con sus manos, cómo hacer la puntada que ellas llaman “punto espíritu”. Al tiempo que lo hace nos dice: “entonces ahora yo voy a hacer esto, la enlazo con el anterior y con el primero, aquí, y vengo y hago el entorchado así”. Sus palabras no tienen mucho sentido cuando se aíslan del movimiento de sus manos, así que la observamos con atención y le pedimos algunas explicaciones adicionales. Ella nos responde: “Mmm, cómo les digo… en el bordado, yo a veces hago las cosas en forma irracional, digámoslo así, a veces, como que si lo pienso mucho, no lo puedo hacer… si lo hago de forma irracional, se lo explico mejor”.

Tras excusarse por no poder explicarnos con palabras cómo hacer la puntada, Margarita sigue moviendo la aguja y el hilo sobre el retazo de tela y es así como nos enseña. Nosotras tampoco logramos convertir eso que ella nos muestra con las manos en palabras —esas con las que tradicionalmente inscribimos y registramos lo que observamos—, así que intentamos hacer el ejercicio con nuestras propias manos para entender, de ese modo, lo que el hilo y la aguja hacen sobre la tela. Ahora “escuchamos” los movimientos de Margarita con las manos y aprendemos a “escribir” con las nuestras sobre la tela. Margarita señala esta última con su aguja e intenta guiar con ella el torpe movimiento de nuestras manos. A veces se ayuda de palabras, esperando obtener un mejor resultado. Sus indicaciones no son más extensas que “por acá”, “por allá”, “suba” y “baje”. Antes que tener un sentido en sí mismas, estas palabras son un complemento al lenguaje que su cuerpo domina.

Margarita nos dice que su modo de hacer —de bordar— no es racional. Nosotros añadimos: para ella, su modo de saber no es racional. Su comentario sobre lo difícil que le queda explicarnos de manera racional lo que hace es casi una súplica para que no le pidamos palabras y que, en cambio, aprendamos con el cuerpo. La dicotomía que ella plantea entre su hacer y aquellos otros que pueden categorizarse como “racionales” —diría ella—, podría reproducir la representación patriarcal de los oficios corporales y materiales como inferiores a los llamados “racionales” o mentales y nosotras, como etnógrafas, podríamos reproducirla también al forzar la traducción del movimiento de su cuerpo a una serie de palabras, a algo “registrable”. Sin embargo, con el tiempo abandonamos esta pretensión, entendiendo que a pesar de que no es posible textualizarlo hay un saber en el cuerpo de Margarita y de todas las bordadoras, así como que parte de él pasó a nuestro cuerpo por la misma vía —las manos, los dedos, las agujas y la tela—. Así las cosas, una resignación en cierto sentido política del bordado como conocimiento nos invitó a aceptar que, parte de las cosas que sabemos sobre este oficio, sobre lo que implica ese hacer y sobre las vidas de las bordadoras y del bordado, escapa a lo que desde la etnografía pueda decirse en el papel[11].

Lo que Margarita sabe con su cuerpo deviene de la relación íntima y cotidiana que ella ha construido con las telas, los hilos y las agujas, y que ha incorporado a través del tiempo y la experiencia. El saber que habita y habla desde sus manos refleja lo que ellas han aprendido a percibir acerca de cómo las materialidades del bordado se comportan cuando ella las manipula —que el hilo se entorcha luego de muchas puntadas, que la tela se torna arisca cuando se la atraviesa—. La relación entre Margarita y estas materialidades, esa que no puede verbalizar, la aprendió ella —como nosotras— de otras manos. Esto tiene que ver con que el calado no está codificado ni su proceso representado en imágenes o palabras[12]. La representación de los patrones que resultan del calado se encuentra en retazos de tela bordados por ellas mismas o en fotocopias de prendas bordadas (Figura 4). Estos archivos no recogen la manufactura del proceso y, por tanto, no pueden descifrarse sin el conocimiento incorporado de quien ha hecho las puntadas con anterioridad. Así, las bordadoras vuelven a estos registros para recordar con ellos y con su cuerpo en movimiento, en contacto con la aguja y el hilo, cómo calarlos.

Ver PDF, pág 57

Por todo lo anterior es que decimos que las puntadas están codificadas en el cuerpo, un cuerpo múltiple, que existe de maneras diferentes, y móvil, que transita distintos escenarios (Mol 2002). El aprendizaje del bordado deviene con la interacción entre el cuerpo de quien borda al lado de otros cuerpos que bordan y de los cuerpos de otras materialidades no-humanas. En este sentido, decimos que no se puede aprender a bordar en solitario y que aprender es un saber corporal a la vez que colectivo, en el sentido que solo es posible en interdependencia con otros humanos y no humanos[13].

Devenimos etnógrafas en el aprendizaje sensorial del bordado, en el contacto con distintos cuerpos y materialidades (Pérez-Bustos y Márquez-Gutiérrez 2015). Creemos que hubiera sido posible llevar a cabo una etnografía del bordado como conocimiento sin pasar por el aprendizaje de la labor, pero creemos también que una etnografía de esa naturaleza no hubiese podido ir mucho más allá del reconocimiento no-verbal del bordado y de las posibles razones —especulativas— de por qué no se deja verbalizar. A lo sumo, hubiera podido complejizar sus dimensiones tácitas y no verbales, como ya lo ha hecho el trabajo de Harry Collins (2010) desde los ESCT clásicos, pero no permitiría dar cuenta de la dimensión corporal anclada en el espacio doméstico de ese saber, en toda su potencia epistemológica; una dimensión que, como ya se dijo, involucra complejos tejidos vitales e íntimos entre humanos y no-humanos.

La pregunta es entonces en qué lugar nos deja, etnográficamente hablando, el reconocimiento de la dimensión corporal situada y, si se quiere, no discursiva del bordado. Puig de la Bellacasa (2009) señala que, a diferencia de la visión, el tacto es un sentido bidireccional: si bien es posible ver sin ser visto, no es posible tocar sin ser tocado. Devenir etnógrafas con el aprendizaje de la labor significa conectarse con la cotidianidad de estas bordadoras, una cotidianidad entretejida por el trabajo del cuidado en relación con otros cuerpos, pero también por una práctica que se efectúa para cuidar el propio cuerpo; dos dimensiones que desarrollaremos a continuación.

Sobre el trabajo de cuidado en relación con otros cuerpos, podemos decir que solo aprendiendo a bordar en la cotidianidad de las bordadoras, experimentando cómo nuestras manos se curten con la manipulación de las telas, las agujas y los hilos, entendemos que el bordado sostiene otras labores de cuidado, como el mantenimiento del hogar y la crianza de los hijos. Lo hace, como ya lo hemos señalado en el apartado anterior, en la medida en que es una labor que se realiza en el hogar, lo que permite a las bordadoras cuidar de sus familias al tiempo que trabajan. Aprender a bordar con las manos es entrar en los espacios y en las dinámicas cotidianas que sostienen, posibilitan y acompañan la labor de bordar. Esto se relaciona con la segunda dimensión, el aprender a bordar asociado con el cuidado del propio cuerpo. En este sentido, si bien nuestro aprendizaje de la labor se acomoda a —y quizás incluso reproduce— su condición feminizada, precaria e invisible, aprender a bordar, etnográficamente hablando, también tiene la capacidad de destejer ese lugar.

Se desteje lo que se reproduce en la práctica de investigar. Ello en varios sentidos: aprender a bordar desde la investigación nos acerca a la historia de esta labor y sus vínculos con la educación religiosa de mujeres en el siglo XIX (Rodríguez 2009), lo que nos permite situar y preguntar, a quienes pasaron por ese disciplinamiento, por las prácticas que dichas enseñanzas dejaron en sus cuerpos y que en muchos casos estaban orientadas a borrarlos del bordado mismo— Margarita nos comparte el aprender a limpiar la sangre con la saliva en la tela que se borda, por ejemplo—.

Al preguntar por estos borramientos durante el aprendizaje mismo de la labor, la investigación los torna visibles para las bordadoras. De igual forma, al generar interferencias en la rutina del trabajo doméstico, el bordado deja de ser lo que se hace mientras se cuida de los otros y se vuelve un espacio propio en el cual las bordadoras consiguen reflexionar sobre ellas mismas en compañía del trabajo etnográfico. Así, la investigación se aprende desde el contacto con la ecología del bordado —sus redes vitales humanas y no-humanas— al posibilitar esas interferencias. Adentrándose en las pausas que el bordado genera dentro de la rutina doméstica, deviene acompañando la dimensión profundamente reparadora, por no decir terapéutica, que esta labor construye[14].

Margarita se conecta con nosotras cuando aprendemos su labor y nos comparte sus historias, penas y alegrías. Luego viene el silencio, el de ella y el nuestro. Pensamos en nuestras historias, penas y alegrías. Nos concentramos y dejamos de oír la voz de Margarita. Empezamos nuevamente la conversación con la tela y la puntada. Nos queda mal, la desbaratamos y la volvemos a bordar. Entre tanto nos preguntamos, ¿cómo podemos registrar esto? Luego pensamos mejor y nos preguntamos, ¿tenemos que registrarlo?

Registros etnográficos que tocan

Enfrentarnos etnográficamente a una labor incorporada e “irracional” [15] exige aprender a hacer la labor con nuestras propias manos y aprehender, en relación con nuestros cuerpos, la complejidad del conocimiento y el ensamblado que la labor constituye (Latour 1998; 2008). Es así que la práctica etnográfica deviene una labor igualmente incorporada: lo que aprendimos del bordado nos lo permitió el acto de tocar distintos cuerpos presentes en la cotidianidad del espacio de las bordadoras. La etnografía, no ya en su acepción de método y práctica sino en la de inscripción y registro de la experiencia, habría de estar configurada en igual medida por esta doble naturaleza incorporada: la del bordado y la de la práctica etnográfica (Clifford 1986; Pink 2009; Paterson 2009). ¿Dónde nos dejó, esta vez en términos de registro etnográfico, el reconocimiento de la naturaleza incorporada del bordado y de la etnografía que realizamos?

La etnografía, que devino etnografía de los contactos, pidió del registro etnográfico que se centrara en inscribir aquellos que sostenían, por un lado, la posibilidad de aprender a bordar —la convivencia cotidiana con las bordadoras, el hecho de compartir con ellas sus tiempos, sus labores y espacios— y, por otro, los contactos a través de los cuales aprendimos a bordar —con las manos de las bordadoras, con las telas y los hilos y con nuestros propios cuerpos— (Figura 5).

James Clifford (1986) planteó a finales de los ochenta la incapacidad de la escritura etnográfica, asociada a los valores masculinos de la razón y la abstracción, de dar cuenta de “las vulnerabilidades del campo”, de “las contingencias interpersonales” y de la naturaleza inminentemente corporal del campo. Nosotras experimentamos de primera mano la dificultad de textualizar el ensamblado de relaciones, actores y dinámicas que sostienen el bordado y su complejidad. Terminábamos construyendo relatos que no podían sino enunciar esa complejidad como adjetivo, sin con ello lograr comunicar en qué consistía. Y no lo lograban porque, para nosotras, su comprensión estaba atravesada por una relación corporal con las materialidades y con el aprendizaje incorporado de la labor (Figura 6).

Ver PDF, pág 60

El acto de describir a través de la palabra tiene como condición de posibilidad una comprensión particular de aquello que se describe. La textualización de la experiencia etnográfica alrededor del bordado tendría como base la suposición que pudimos abstraer y aislar de las relaciones mundanas la lógica del conocimiento asociado a ella. En este caso, preferimos reconocer que lo que sabemos sobre el bordado lo sabemos con nuestros cuerpos en coexistencia e interdependencia con otros cuerpos —antes que en ellos mismos aislados del mundo—.

Lo que sabemos lo sabemos con un cuerpo colectivo, un cuerpo que acompaña y que se construye en y desde el contacto. Nos limitamos a decir, a través de la palabra, que hay un conocimiento en manos de las bordadoras que reviste cierta complejidad. Parte de ese conocimiento permanecerá por siempre en sus cuerpos-en-el-mundo y no trasmutará a formas verbales. Creemos que no es necesario que lo haga para que pueda ser valorado. Y lo mismo nos atrevemos a decir sobre la experiencia etnográfica: parte de ella vivirá únicamente en nuestros cuerpos que acompañan.

En el camino experimentamos con otras formas de registro que quizás pudieran responder de otra manera a esa naturaleza incorporada de la etnografía y del bordado. Una de nosotras se encargó de llevar un registro audiovisual al tiempo que desarrollaba etnografía de la labor, condición que mediaba su comprensión del bordado al tener en sus manos una cámara mientras las demás teníamos el hilo y la aguja (Figura 7).

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Aunque también ella tuvo la posibilidad de aprender a bordar con las bordadoras, el lugar que ocupó detrás de la cámara —y al lado de ella transportándola, limpiándola, cuidándola— le permitió reflexionar, desde un punto de vista diferente al de las demás etnógrafas, sobre algunos aspectos que a continuación detallamos.

La etnografía visual, asegura Sarah Pink (2004), encontró un nuevo contexto privilegiado con el auge de nuevas tecnologías de registro y con la posibilidad, cada vez más real, de que un investigador accediera a estas por sus propios medios. El acceso a una tecnología de video digital durante el trabajo de campo significó para nosotras registrar mediante imágenes el movimiento de los cuerpos que bordan y que hacen etnografía, y así de los contactos entre ellos y las materialidades asociadas a cada labor. Significó también la posibilidad de volver sobre esos movimientos, una ventaja en nuestro proceso de aprendizaje que nos permitía tocar las manos de las bordadoras a distancia y a destiempo, para encontrar en ellas la memoria de las puntadas que estábamos aprendiendo.

Pero la cámara de video no solo permitió registrar los contactos que delante de ella se desenvolvían, la cámara fue también agente de contactos en el sentido que tocó personas y materialidades y fue a su vez tocada en el acto de registrar otros contactos. El contacto entre la cámara y Eugenia tuvo como efecto el que ella se negara a ser registrada cuando no tuviera el maquillaje en su lugar y la ropa que ella considerara adecuada. Tuvo también como efecto que se molestara cuando una de nosotras trasgrediera esa negativa y la grabara una noche en pijama, lo que puso en riesgo el mantenimiento de las relaciones de respeto y cuidado que sostenían nuestra posibilidad de permanecer en el espacio cotidiano y doméstico. La cámara entró en contacto la mayor parte con mujeres, históricamente marcadas por cánones de belleza y femineidad que las ubica de distintas maneras frente a su imagen. Así, tocó cuerpos de distintas edades y lugares: mayores, arrugados, inseguros, marginales, vanidosos.

Los contactos que agencia el registro a través de la cámara son en múltiples sentidos violentos: son simbólicamente violentos en tanto nosotras, como investigadoras, hacemos uso de la autoridad y legitimidad de representar a unas mujeres distintas de nosotras mismas para producir imágenes y relatos sobre ellas —sin importar qué tan altruista sea el fin al que apuntamos, la raíz de esa autoridad es colonialista (Rosaldo 1989 en Conquergood 1991)—. Es de igual manera violenta en un sentido un poco más material —sin con ello negar la materialidad de la anterior forma de violencia—, en tanto que interfiere en un espacio cotidiano y se inserta justo en medio de la experiencia al intentar, a veces a las malas, integrarse a ella.

Pero también es un contacto potente en múltiples sentidos. La cámara no solo interfirió, capturó y estorbó: el contacto que gestionamos con ella nos permitió volver reflexivamente sobre el acto de ver y registrar. Decimos entonces que el proceso de registro audiovisual también tocó la etnografía y fue agente de los modos deliberadamente cuidadosos y responsables en que entramos en contacto con el campo y el contexto.

La cámara, como metáfora e hipérbole del ojo etnográfico, funciona como un zoom-in en las violencias implícitas en cualquier forma de observación y registro que pasan a veces desapercibidas por la sutileza y discreción de la mirada, contraria a la imprudencia con que el lente de la cámara se asoma al mundo y la evidencia con la que enfoca y registra[16]. Así, esta reflexión permite preguntarnos por la ontología de las imágenes producidas por ese registro y encontrar que esta se configura precisamente en el tipo de contactos que agenciamos, en este caso, cuidadosos y responsables. Con la finalidad de responder a la complejidad y multiplicidad de los cuerpos que tocamos y registramos, intentamos producir imágenes-responsables, que dieran cuenta no solo de sí mismas sino de las condiciones de posibilidad que las hacen emerger; lo que nos muestra a nosotras, investigadoras y constructoras parciales de esas imágenes, como responsables por sus sentidos. Así, siguiendo a Vicky Singleton (2011) entendemos las imágenes-responsables o imágenes-accounts como imágenes que, antes que representar o hablar objetivamente de una “realidad”, dan cuenta de ella y responden por ella desde un lugar (Haraway 1988); lugar que, como hemos dicho, permanece responsable por sus sentidos.

La producción de imágenes, en síntesis, nos configuró también como etnógrafas. Devenimos etnógrafas no solo en el aprendizaje de la labor de bordar sino en el proceso de registrar y dar cuenta de ese aprendizaje. Al tiempo que las imágenes que produjimos fueron posibles por los contactos que gestionamos en campo con las bordadoras, su producción configuró igualmente formas de estar con y de acompañarlas.

Hilando reflexiones

Como hemos dicho, la reflexión en torno al contacto pone en evidencia la dimensión mundana del quehacer etnográfico y, de manera particular, su sustrato cotidiano y material. En este sentido, nos ha interesado subrayar distintas formas de contacto que configuran la etnografía en un contexto particular, atravesado por preguntas sobre el conocimiento de un saber manual, artesanal, feminizado y precario.

Así, mostramos cómo nuestros cuerpos femeninos se tocan con otros cuerpos y cómo ello afecta el campo. Lo hace en la medida en que contribuye a construir, desde la etnografía, un cierto sentido de feminización anclado a estructuras de género propias del escenario estudiado. Pero también lo hace en la medida en que, al acomodarse a esta cotidianidad, el ejercicio etnográfico abre espacios para otras formas de reconocimiento, algunas de ellas asociadas al aprendizaje mismo de la labor. El bordado apareció en la etnografía como un lugar de encuentro con esos cuerpos otros y como posibilidad de descolocar nuestros propios cuerpos y sus formas disciplinadas de pensar. El contacto con las materialidades cotidianas, que sostienen vitalmente a nuestros sujetos de estudio, nos ubicó como aprendices de una relación etnográfica desde la que pensamos con ellas, deviniendo etnógrafas con sus cuerpos y experiencias.

Por último, reflexionamos críticamente sobre los cómos de la etnografía. Nos preguntamos por las posibilidades y problemas de las inscripciones visuales y textuales que hacemos y por la forma en que ellas afectan nuestra experiencia —la de quienes investigamos y la de quienes bordan—. Esta última forma de contacto reactiva la pregunta por la violencia del trabajo etnográfico y propone pensar este oficio, antes que desde sus comprensiones materializadas en textos —sean estos visuales o escritos—, en sus posibilidades como proceso que acompaña y como experiencia en sí mismo. No nos referimos a un sentido contemplativo, sino a uno más bien terapéutico, que nos interpela —a nosotras y a ellas—, nos cuestiona, nos transforma y nos invita a reconocernos de otras formas y a caminar con otras.

¿Qué tienen estas reflexiones desde y sobre los contactos para decir a la etnografía? En primer lugar, nos invitan a pensar que, en este caso en concreto, la etnografía desde el contacto no es una norma moral o una prescripción ética: es un aprendizaje. Devenimos etnógrafas cuando nos enfrentamos a la necesidad de aprender a bordar con nuestras propias manos y así poder entender la labor y acceder a aquello que sostiene el conocimiento que la constituye. Fue aprendiendo a bordar que supimos que la labor se inserta en unas relaciones de género y cuidado particulares. Fue aprendiendo a bordar lo que nos situó en contacto con otros cuerpos humanos y no humanos y lo que puso en cuestión nuestras prácticas de registro y sus dispositivos. Este aprendizaje y las reflexiones que desde allí emergen pueden dialogar ampliamente con otras labores que, como el bordado, se incorporan de maneras no verbales, sostenidas por una relación particular entre unos cuerpos y unas materialidades humanas y no humanas[17]. En el estudio etnográfico de aprendizajes y labores como las que convergen en el bordado se hace necesario, desde el punto de vista teórico y metodológico, dar cuenta de esas relaciones. No tocar y no dejarse tocar implica construir etnografías incompletas, sin rigor y poco objetivas (Sandra Harding 1986; Haraway 1988). Es en este sentido que hablamos de contactos, no por un capricho teórico sino porque hacemos etnografía de una labor que es contacto (Blake 2011).

En segundo lugar, este caso nos propone reflexiones que exceden la pregunta etnográfica por el conocimiento sobre el bordado y nos plantea otras más amplias, sobre la etnografía en general, sobre sus prácticas y los efectos de estas (Haraway 1988; 2004; Law 2004; Puig de la Bellacasa 2011; 2012). Estas líneas han dejado abiertos cuestionamientos sobre lo que tocamos y cómo lo tocamos y por cómo eso que tocamos nos configura como etnógrafas y afecta aquello que es etnografiado. Estas son preguntas que descolocan, de manera especial, la importancia que tienen los productos de la etnografía —sus textos finales— en la configuración de la etnografía misma. Ello nos invita a pensar en la posibilidad de una práctica etnográfica que deje de lado la obsesión generalizada por la textualización y vuelva sobre el proceso de estar con las y los otros. Nos invita a una investigación que, más que comprender fenómenos sociales, acompañe procesos y esté presente, afecte y sostenga la vida misma.

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[*] Este artículo es el resultado de los proyectos: Bordando el Conocimiento Propio, financiado por Colciencias (2014-2016), y Embroidering craft and technological knowledges (2015-2016), financiado por la cooperación bilateral Suiza con países extraeuropeos, la Universidad de Lausane y la Universidad Nacional de Colombia. «« Volver

[**] Profesora asociada de la Escuela de Estudios de Género, Universidad Nacional de Colombia. Doctora en Educación, magíster en Estudios del Desarrollo, antropóloga y comunicadora social. Entre sus últimas publicaciones están: “Embodying a caring science: An ethnographic analysis of the communicative practices of a Colombian trans-woman scientist in the media”. Universitas Humanísitca 82: 429-462, 2016. “El tejido como conocimiento, el conocimiento como tejido: reflexiones feministas en torno a la agencia de las materialidades”. Revista Colombiana de Sociologìa 39(2): 163-182, 2016. tpbustos@gmail.com «« Volver

[***] Antropóloga Pontificia Universidad Javeriana. Investigadora Inspiralab y Universidad Nacional de Colombia. victoriatobarroa@gmail.com «« Volver

[****] Socióloga y magister en Estudios Sociales de la Ciencia de la Universidad Nacional de Colombia. Entre sus últimas publicaciones están: coautora de “Destejiendo posturas feministas: reflexiones metodológicas desde la investigación social al diseño participativo de una tecnología”. Revista Iberoamericana de Ciencia, Tecnología y Sociedad 10 (31): 1-18, 2016. sdmarquezg@gmail.com «« Volver

[1] Como resultado de esta aproximación audiovisual se produjo el documental Sobre una tela deshilada, dirigido por Victoria Tobar Roa (2015), disponible en el siguiente enlace:https://www.youtube.com/watch?v=4MZM4Bo5jRg «« Volver

[2] Para profundizar sobre la conceptualización del conocimiento tácito en los ESCT, ver Collins (2010). «« Volver

[3] Haraway toma la figura del testigo modesto de Steven Shapin y Simon Shaffer y elabora una relectura feminista de modestia que estos autores atribuyen al filósofo experimental Robert Boyle (Haraway 2004). «« Volver

[4] Los nombres de las bordadoras han sido modificados. «« Volver

[5] Asunto que conecta de forma directa la etnografía, su cotidianidad y las dimensiones de género que configuran el campo. Para ahondar sobre esta reflexiones, ver Gregorio Gil (2006). «« Volver

[6] De hecho, las bordadoras suelen impedir que los hombres de la casa laven sus platos, si ellos –aunque no suelen hacerlo– se ofrecen a lavarlos, ellas se oponen a que esto suceda. Lo mismo pasa con las demás labores domésticas. «« Volver

[7] Estos cuerpos femeninos suelen estar también atravesados por otras condiciones marginales asociadas con la clase y la raza. «« Volver

[8] Esta molestia hacia los hombres que no asumían labores del hogar es notoria, lo que obedece tanto a un asunto de solidaridad con las bordadoras —en el que somos capaces de comprender sus lugares—, como a la propia experiencia de vida de quienes investigamos en relación con la división sexual del trabajo en nuestras propias familias. En otras palabras, cuando reflexionamos sobre este asunto, también se hace manifiesta nuestra propia trayectoria vital. «« Volver

[9] A Eugenia, por ejemplo, le hace ruido nuestra insistencia sobre lo poco colaborador que es su nieto y nos pregunta, tiempo después, si es que lo ha criado demasiado consentido y si quizás puede hacer algo al respecto. En ese momento, nosotras reflexionamos si es nuestro deber intervenir aconsejando.

[10] Con esto queremos evocar la propuesta de Karen Barad (2003) sobre las intraacciones como constitutivas de lo que somos, un entramado humano-no-humano, antes que una relación de agencias distintas y materialidades otras, somos humano-no-humano. «« Volver

[11] Agradecemos los aportes de las evaluadoras frente a la tensión entre saber, recordar y conocer. Sus comentarios fueron fundamentales para la elaboración final de esta idea. «« Volver

[12] Para ver ejemplos de este paso a paso para el caso del punto de cruz, ver http://elblogdedmc.blogspot.com.co/p/escuela-de-punto-de-cruz.html. Existen otros recursos virtuales de video y páginas de aficionados que también explican este paso a paso. También hay manuales o revistas como Bordado o Ideas, que explican gráficamente el proceso de diferentes puntadas. «« Volver

[13] Para mayor reflexión sobre la relación entre aprendizaje, movimiento y corporalidad, ver Ingold (2015). «« Volver

[14] Un devenir terapéutico en el sentido que está en el campo y hace el campo, lo que en palabras de Quetzil Castañeda sería una dimensión ontológica de la etnografía (2006). «« Volver

[15] “Irracional” es el término que algunas bordadoras usan para darnos a entender que su conocimiento no está ordenado en la palabra y que, en ese sentido, no es para ellas posible comunicarlo a través del habla. No es, para nosotras, un saber ‘irracional’ en sentido estricto. «« Volver

[16] La idea del lente como metáfora del ojo etnográfico surge de las reflexiones de Donna Haraway en torno a los “trucos visualizadores”. Para profundizar en este aspecto, ver Haraway (1988). En este sentido, lo que aquí decimos sobre la producción audiovisual puede extrapolarse a cualquier otra forma de registro etnográfico. «« Volver

[17] Otras reflexiones que invitan a una etnografía del contacto desde la que se explore la forma en que el cuerpo aprende y conoce en relación con el entorno, es decir con un mundo habitado por humanos y no humanos, se pueden consultar en los trabajos de Mary Murphy (2003) y Anna Portisch (2010) sobre otros oficios textiles, en Edward Simpson (2006) sobre la construcción artesanal de veleros, en Jonas Larsen (2013) sobre el cuerpo en movimiento en la ciudad cuando se monta en bicicleta y en Äsa Bäckström (2012) en el aprendizaje no formal de la patineta en la etnografía. «« Volver